Me senté a su lado. Solo dije lo que recordaba:
—Te vi en el portón. Me miraste y yo volví la cara. Lo siento.
Ella apoyó su mano sobre la mía un instante. No dijo que no importaba, y se lo agradecí.
No hubo abrazos colectivos ni una reconciliación que borrara treinta años en un almuerzo. Hubo preguntas difíciles, algunas respuestas y silencios largos. Antes de irse, Rosa dijo que todavía no vendería la máquina.
Semanas después la visité con mi foto de graduación. En el reverso había escrito: «Tú también formas parte de este día. Yo solo no lo sabía». Rosa la leyó despacio y la apoyó en un estante, junto a la máquina de coser, que había encontrado un lugar cerca de la ventana. Me acercó una silla y fue a preparar café.