Rosa fue la primera en romper el silencio: perdió otras dos casas donde trabajaba porque mi madre telefoneó a sus patronas, y tuvo que mudarse de barrio para conseguir empleo.
El reencuentro que nadie conocía
Cuatro años después, mi padre encontró a Rosa en un pequeño taller de arreglos de ropa. Nuestro negocio ya había cerrado y él buscaba trabajo; entró a preguntar si necesitaban a alguien para repartos. La dueña era ella. Había empezado cosiendo en un balcón prestado y después alquiló un local. Él volvió al día siguiente y confesó todo.
—Lloró mucho —contó Rosa—. Lo escuché, pero no le dije que estaba todo bien, porque no lo estaba.
Le pidió que limpiara su nombre. Mi padre fue a ver a mi madre y le contó la verdad; discutieron y decidieron esconder el asunto de los hijos.
Las mensualidades
Con los meses, Rosa lo contrató para algunas entregas y así supo que yo había entrado a enfermería. Recordaba que de niña yo enrollaba retazos en los brazos de mis muñecas, fingiendo hacer curaciones. Sacó una hoja: un acuerdo sencillo, escrito a mano. Rosa prestaría el dinero de nemli la matrícula y de las primeras mensualidades, y mi padre lo devolvería en cuotas.