—Ha prometido perdonarme la deuda si aceptas convertirte en su esposa.
Sentí verdaderas náuseas.
—¿Has negociado mi matrimonio con un desconocido?
—Para mí no es un desconocido.
—¡Pero para mí sí!
Mi padre golpeó la mesa con el puño.
—¿Entiendes lo que va a pasar si no le pago? ¡Lo perderemos todo! ¡Nuestra casa, nuestra empresa, absolutamente todo!
—¡Pues
que lo perdamos! —grité—. ¡No puedes vender a tu propia hija!
Me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Después de todo lo que he hecho por ti?
No podía creer que aquellas palabras salieran de la boca de mi padre.
—¡Me criaste porque eres mi padre! ¡Eso no significa que seas mi dueño!
Su rostro se puso rojo.
—Daniel vendrá aquí a las seis. Lo conocerás y te comportarás con respeto.
Se me heló la sangre.
—¿Va a venir aquí?
Mi padre asintió.