Me apretó los dedos.
“Me protegiste porque me querías. Pero a veces actuabas como si no pudieras protegerme tú solo.”
La verdad dolía.
“Lo siento.”
“Lo sé.”
Miró hacia la puerta.
“¿Están mamá y papá ahí?”
“SÍ.”
“¿Han visto el contrato?”
“SÍ.”
Rosie cerró los ojos brevemente.
“Bien.”
“¿Los quieres aquí?”
“NO.”
No hubo vacilación.
Asentí con la cabeza.
“Entonces no entrarán.”
La enfermera juntó dos cunas.
En el interior había dos bebés recién nacidos envueltos en mantas a rayas.
El rostro de Rosie se transformó.
“Mis hijas.”
Ben colocó uno con cuidado contra su pecho.
Yo sostenía el otro.
Los dedos del chico se apretaron alrededor de los míos.
—¿Cómo se llaman? —pregunté.
Rosie sonrió.
“Reina, como la abuela.”
“¿Y el otro?”
“Esperanza.”
Ben la miró.
“Dijiste que aún estábamos decidiendo.”
“Ya lo he decidido.”