Pero significaba que todavía existía algo quepodíamos reconstruir.
Tres semanas después, Bernice recibió formalmente las consecuencias legales derivadas de lo ocurrido y se establecieron medidas para mantenerla alejada de Savannah mientras el caso seguía su curso.
Pensé que finalmente podríamos concentrarnos en nuestra hija.
Hasta que nuestro abogado llamó.
—Christopher, hemos identificado al verdadero destinatario de las últimas transferencias.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Quién es?
Hubo una pausa.
—No es Elena Vargas.
—Entonces dígame quién.
—Es alguien que su madre conoce desde hace más de veinte años.
Me envió un documento.
Abrí el archivo.
Había un nombre.
Lo leí una vez.
Después otra.
Savannah se acercó.
—¿Quién es?
No pude responder inmediatamente.
Porque aquel apellido también aparecía en los antiguos documentos del divorcio de mis padres.
Y, de repente, comprendí que los problemas de Bernice no habían comenzado con Savannah.
Ni siquiera habían comenzado con