La promesa silenciosa que la hermana Esperanza ya no podía recordar

Esta vez, la doctora Paloma no respondió de inmediato.

La madre Caridad sintió cómo sus dedos se apretaban alrededor del receptor.

¿Doctor?

—Te escuché —dijo Paloma.

Había algo en su tono ahora, no sorpresa, sino cansancio.

“No pareces sorprendido.”

“Soy médico. Intento no reaccionar antes de examinar a un paciente.”

“Eso no es lo que quise decir.”

Otro silencio

Entonces Paloma exhaló

“Puedo estar allí antes del mediodía.”

“Por favor, venga antes.”

“Lo haré.”

Antes de que el médico pudiera terminar la llamada, la Madre Caridad añadió: “¿Y Paloma?”.

¿Sí?

“Encontré algo en mi oficina. Una tira de cinta médica.”

La respiración del médico pareció cambiar.

¿Dónde?

“Cerca de la silla donde estaba sentada Esperanza.”

“Eso puede no significar nada.”

“Quizás.”

La madre Caridad volvió a mirar la cinta.

“Pero usted entiende por qué le pregunto.”

—Voy enseguida —dijo Paloma, y ​​la llamada se cortó.

La madre Caridad bajó el auricular lentamente.

Afuera, una campana sonó para anunciar la hora de la mañana. Su sonido familiar resonó en el convento con una gracia pausada, llamando a las hermanas a cumplir con sus deberes.