Unos días más tarde, lo vi quitarle las llaves del coche a Victoria.
—No vas a ninguna parte sin mí.
—No soy tu prisionera —respondió ella.
—Todavía no.
Aquellas dos palabras me aterrorizaron.Empecé a llamar a Victoria con más frecuencia para asegurarme de que estuviera bien. Nunca se quejaba abiertamente de mi padre, pero a veces lloraba en silencio.
—¿Siempre ha sido así? —le pregunté una vez.
Victoria negó con la cabeza.
—No. Pero tú no lo conoces como yo.
El día del cumpleaños de mi padre fui a su casa. Parecía agotado, pero cuando me vio, sonrió por primera vez aquella noche. Como había hecho desde niña, me senté en su regazo, le rodeé el cuello con los brazos y le besé la mejilla.
—Podrías cumplir cincuenta años y seguirías siendo mi niña —dijo riendo.
Victoria nos tomó una fotografía. Unos minutos después, la publiqué en internet con el siguiente texto:
“Mi lugar más seguro siempre estará en los brazos de mi padre.”
Cuando Victoria vio la publicación, su rostro palideció.
—Borra esa foto.
—¿Por qué?
—Simplemente bórrala.
Me negué. Se acercó a mí y susurró:
—Ni siquiera sabes a quién estás abrazando de esa manera.
Me quedé paralizada.
—¿Qué quieres decir?
Victoria miró hacia mi padre. Estaba afuera, hablando por teléfono.
—Pregúntale dónde estaba el 11 de abril de 2003.
Ese era el día en que yo había nacido.
Cuando papá regresó, le pregunté por aquella fecha. El vaso se le escapó de la mano.
—¿Quién te habló de esa fecha?
—Victoria.
Mi padre se volvió hacia ella con tanta furia que tuve que colocarme entre los dos.
—Prometiste guardar silencio —dijo él.
—Estoy cansada de tus amenazas.
Papá le arrebató el teléfono a Victoria y lo lanzó contra la pared.
—¡Sal de mi casa ahora mismo!
Victoria corrió escaleras arriba llorando. Yo ya no pude seguir callada.
—Estás enfermo. Ella está aterrorizada por tu culpa.
Papá me miró. Ya no había ira en su rostro, solo desesperación.—Emily, no tienes idea de lo que estás haciendo.
—Entonces cuéntamelo.
—No puedo. Todavía no.
Abandoné la casa junto con Victoria.