En el aeropuerto nos abrazamos entre lágrimas. Creí que volvería en unos años. Nunca regresó. Pasó un año, luego dos, luego cinco. Lo único que llegaba con puntualidad era el dinero: exactamente ochenta
mil dólares al año, acompañados de un mensaje breve: «Mamá, cuídate. Estoy bien.»
Esa palabra, «bien», era la que más me inquietaba. En las escasas videollamadas seguía siendo hermosa, pero sus ojos ya no eran los mismos. Siempre apurada, siempre distante. Cuando le preguntaba por qué no venía a casa, callaba y respondía que estaba muy ocupada. Dejé de insistir. A veces las madres nos volvemos cobardes por miedo a escuchar la verdad.
La decisión de viajar
Durante doce años puse un lugar especial en la mesa cada Navidad, cocinaba su guiso favorito y lloraba en silencio. Hasta que un día tomé una decisión: iría a Corea. No le avisé. Para una mujer de sesenta y tres años que nunca había salido del país, era una locura. Pero compré el pasaje con las manos temblorosas.