salí del hospital con las piernas temblando.
En el estacionamiento me senté dentro del coche.
Apreté el volante hasta que me dolieron los dedos.
Y dije bajito:
—Se acabó.
Esa noche no fui por él.
Mandé la ambulancia.
Cuando llegó a la casa, me miró molesto desde la camilla.
—¿Dónde estabas? Te estuve esperando.
—Ocupada.
Frunció el ceño.
—¿Trajiste mi pan?
Lo miré.
Por primera vez en cinco años lo miré de verdad.
Ya no vi al hombre enfermo.
Vi al monstruo cómodo.
—Se me olvidó.
Su cara cambió.
—¿Cómo que se te olvidó?
No contesté.
Le acomodé la almohada.
Le tapé las piernas.
Le di sus pastillas.
Hice todo igual.
Pero por dentro ya no era la misma.
Al día siguiente empecé.
Primero revisé los papeles.
Facturas.
Cuentas.
Escrituras.
Recibos.
Contratos.
Todo lo que él pensaba que yo no entendía porque “solo servía para cuidarlo”.
Encontré cosas.