Pero todavía quedaban varios documentos dentro del sobre.
Y entonces vi uno que tenía el sello de una notaría.
—¿Es el testamento? —pregunté.
El abogado negó lentamente con la cabeza.
—No exactamente.
Sacó una carpeta mucho más gruesa de su maletín.
—El testamento oficial se leerádentro de tres días. Sus hijos creen que heredarán prácticamente todo.
—¿Y no será así?
El abogado me miró fijamente.
—Harrison cambió la estructura de su patrimonio hace dieciocho meses.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Qué significa eso?
—Significa que sus hijos todavía no saben que la mayor parte de su fortuna ya no forma parte de la herencia que esperan recibir.
Me quedé mirándolo sin comprender.
Entonces colocó delante de mí el último documento del sobre.Vi mi nombre completo.
Isabel Romero.
Debajo aparecía una cifra.
La leí una vez.
Luego otra.