Estaba observando cómo trataban a las personas que no podían pagar.
—¿Y sus hijos sabían lo de la fundación?
—Sí. Y la odiaban.
—¿Por qué?
Álvaro me miró fijamente.
—Porque durante años intentaron convencer a Harrison de que la cerrara y transfiriera sus activos al patrimonio familiar.
Entonces comprendí lo que realmente estaba en juego.
No eran unos cuantos millones.