Al colgar, Marta tomó el marco entre sus manos y notó que una esquina del respaldo estaba floja. Al levantar el cartón, cayó sobre la mesa una carta doblada con su nombre escrito en la letra temblorosa del señor Whitaker.
La intimidación de Julian y la decisión de mantenerse firme
Esa misma noche, Julian golpeó la puerta del departamento. Le ofreció diez mil dólares a cambio de que firmara una renuncia a la herencia. Marta se negó. Él subió la oferta a quince mil y la amenazó con años de litigios que consumirían todos sus ahorros.
Pero la mujer que había servido en silencio durante dieciocho años ya no estaba dispuesta a agachar la cabeza. Le exigió una reunión formal en la oficina del abogado y le pidió que llevara a todos los letrados que quisiera. «Tal vez me arrepienta, pero me arrepentiré estando de pie», le respondió.
La carta que puso fin a la disputaAl día siguiente, en la oficina de Nathaniel, Julian y sus dos abogados intentaron una última maniobra: cincuenta mil dólares a cambio de la firma. Marta rechazó la oferta y sacó la carta del bolso.
Con voz temblorosa, leyó las palabras del señor Whitaker: le agradecía haberlo cuidado en la enfermedad, la soledad y el miedo; reconocía que su hijo había heredado su sangre, pero que ella se había ganado su confianza; explicaba que Julian medía el amor por su valor futuro, mientras que ella había entregado el suyo sin esperar nada. Le pedía además que nunca permitiera que alguien le dijera que no pertenecía a esa casa.
El rostro de Julian palideció. Sus abogados intercambiaron miradas de resignación, recogieron sus papeles y anunciaron que se pondrían en contacto. Julian se retiró sin decir una palabra más.