bendiciones.
Algunos decían que era una señal de Dios.
Otros decían que era muy peligroso.
Algunos me miraban como si ya me hubieran perdido, pero no se atrevían a decirlo en voz alta.
Pero nadie me preguntaba si dormía por las noches.
Y yo no dormía.
Me acostaba en la cama, colocaba una mano sobre mi vientre y escuchaba los movimientos dentro de mí.
Primero sentía una pequeña patada de un lado, luego del otro, y después parecía que todo mi vientre cobraba vida al mismo tiempo.
Mi cuerpo se volvía más pesado cada día.
A veces apenas podía respirar.
A veces sentía que ya no podía soportarlo.
Pero cada vez que quería llorar, sentía un pequeño movimiento desde dentro.
Como si uno de los bebés me dijera:
—Mamá, todavía estamos aquí.
No les puse nombres.
Tenía miedo.
No quería encariñarme tanto que, si perdía a alguno de ellos, mi